UNA MANO INVISIBLE
Una tarde de sábado, mientras nos disponíamos a almorzar… sonaron varios disparos que retumbaron en nuestros oídos. Pero más que los balazos, que se escuchaban como si fueran fuegos artificiales, lo que nos asustó fue el estallido de los vidrios de nuestra ventana que cayeron esparcidos por todas partes.
Recuerdo que ese día todo era felicidad; nos alistábamos para salir de paseo. Reíamos y hacíamos bromas sin parar hasta que mi padre nos invitó a sentarnos a la mesa. Tuvo que repetir el pedido porque seguíamos metiendo cosas en las maletas como si nos fuéramos a un viaje de un mes, cuando en realidad solo íbamos a pasar un fin de semana en casa de tía Mercedes.
Cansado de repetir la orden, se sentó; ya sabíamos que esa era una señal para obedecerle de inmediato; su silencio y sus actos eran para nosotros más efectivos que un grito.
Mi padre no se parecía a los padres de mis amigos, casi todos muy serios con los que la mayoría de mis amigos ni se imaginarían en departir una tarde de fútbol.
A él le gustaba llevarnos al parque, permitía que jugáramos pelota con los chicos del barrio, y nos dividía entre los dos equipos. A veces se animaba a jugar si faltaba alguien para completar los equipos. Nosotros éramos Ricardo, Richard, Gonzalo y yo, Uriel.
Pero ese sábado no salimos; estábamos ocupados con los arreglos del paseo, y el «Zurdo», como le decíamos a uno de los chicos del barrio, había fallecido mientras intentaba arrebatar la cartera a una señora. Decían que un policía de civil le había disparado, pero tratándose de un pequeño pelafustán todo quedó en nada. Nos pusimos muy tristes con su muerte. Mi padre nos explicó que si no estudiábamos y seguíamos sus consejos, también nosotros podríamos meternos en dificultades.
Al término de cada partido invitaba a todos a tomar un refresco. Ahí los fue conociendo mejor y se dio cuenta de sus carencias, por lo que decidió que a partir de ese día invitaría el almuerzo a un chico diferente cada vez… y el que más veces había estado con nosotros, era el «Zurdo».
Mi padre tomaba muy en serio los fines de semana en que todos estábamos en casa, para almorzar juntos. Nos había asignado un sitio a cada uno y nosotros lo tomábamos como si fuera de nuestra propiedad. Ya se había hecho una costumbre y era impensado que a alguien se le ocurriera cambiar de sitio pasara lo que pasara.
Tal vez fue por esa razón que cuando sonaron los disparos todos permanecimos estáticos en nuestros lugares, como si estuviéramos jugando a estar congelados.
Nos miramos sorprendidos una milésima de segundo, pero enseguida escuchamos la fuerte voz de mi padre:
––¡Todos al suelo! ––nos tiramos como pudimos y permanecimos así hasta que la bulla de la calle nos anunció que el tiroteo había terminado.
Fue mi madre la primera en darse cuenta que la silla que ocupaba Gonzalo tenía un agujero de bala justo en el espaldar. La vimos empalidecer mientras señalaba con la mano temblorosa la silla vacía. Ni siquiera podía hablar. Mi padre, que se encontraba a su lado la tomó entre sus brazos; desconocía por qué se había puesto así debido a que en ese momento miraba para otra parte.
Permanecimos en silencio sin saber qué había ocurrido, cuando escuchamos de nuevo la voz de mi padre preguntando si todos estábamos bien. Luego de corroborar que nadie había salido herido nos ordenó quedarnos ahí, y él salió a ver qué había pasado.
Mi madre recuperó el ánimo y casi sin hablar agarró con fuerza a Gonzalo para inspeccionarlo por todas partes; quería cerciorarse de que de verdad estaba bien. Él se limitaba a alzar los brazos tan asombrado como nosotros.
Al rato regresó mi padre y nos dijo que habían querido robar en un mini mercado que estaba ubicado al frente de la casa, pero que el vigilante de civil los echó a balazos.
––Terminen de comer. Ya vuelvo con un vidriero. ¡No vamos a permitir que los ladrones nos hagan cambiar de planes! ––dijo mi padre. Antes de salir se dirigió hasta el ropero de pie y tomó su chaqueta; hasta el sol que nos acompañó en la mañana se había ocultado.
Apenas salió, mi madre le preguntó a Gonzalo:
––¿Por qué no estabas en tu asiento? ––nos quedamos mirándolo como esperando una respuesta. Mi hermano se encogió de hombros y respondió:
––No sé… solo sentí un fuerte empujón.
Autor: MANUEL TEYPER.

Interesante, cuando no es tu hora, siemplemente no es tu hora.
ResponderBorrarGenial😜
ResponderBorrarSe salvó por poco, experiencias paranormales
ResponderBorrarme recordó a la película "los 10 mandamientos"
ResponderBorrar+100
ResponderBorrarOtra historia que hiela la sangre, bien hecho
ResponderBorrarPero, que interesante historia. Me gusto muchísimo.
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